En épocas de ajuste, la izquierda gana lugar en el sindicalismo

En épocas de ajuste, la izquierda gana lugar en el sindicalismo
Mientras el gremialismo se encuentra dividido en cinco, el trotskismo crece en algunos sindicatos. La falta de respuestas del Gobierno a las cúpulas sindicales contribuye a su expansión. El paro del 10 de abril, los pedidos por la unidad gremial y el recuerdo del Pacto Social del 73.
Algo huele mal, y no es en Dinamarca, sino en La Matanza. O huele muy bien, según se lo mire.

​Lo que allí suceda hay que atenderlo, por la obvia razón de que se trata del distrito más importante de la provincia de Buenos Aires, con casi 3 millones de habitantes, altos niveles de pobreza, y donde dio un salto cualitativo el movimiento piquetero a fines de los 90, cuando Luis D´Elía supo que cortar la Ruta 3 era la mejor forma de hacer ver la pobreza en la Argentina.

​El viernes último, la seccional La Matanza de Suteba, la más grande de la provincia, con 9000 afiliados, que es manejada desde el año pasado por la lista Multicolor, un colectivo trotskysta, realizó una caminata por esa misma Ruta 3, desde el kilómetro 26 hasta la Rotonda de San Justo. Dicen que hubo 10.000 personas. Y que con fuertes consignas contra el ajuste, el gobierno provincial y el nacional, maestros y militantes recibieron el respaldo de los vecinos, que padecen como nadie la huelga docente que se levantará mañana.

​El jueves, 57 gremios de La Matanza se dieron cita en la sede de Comercio del centro de San Justo y "normalizaron" la CGT regional. Se trata de sindicatos de las tres centrales gremiales peronistas, sin la participación de la UOM. En La Matanza la balanza se inclinó hacia la unidad, única garantía de empezar a recuperar el poder perdido tras años de divisiones internas. Un proceso que, se asegura, se replicará en otras muchas seccionales del país.

La izquierda ganó 9 seccionales de Suteba el año pasado

​Una de las razones por las que se considera que el peronismo garantiza la gobernabilidad en la Argentina, lo que lleva en varias ocasiones a que se lo vote, es por los vasos comunicantes con su "columna vertebral". El movimiento obrero es mayoritariamente peronista, a pesar de que Juan Domingo Perón había prohibido las huelgas en la Constitución del 49 y promovió en sus dos primeros gobiernos conducciones gremiales sometidas a sus dictados.

​Es que después del sangriento golpe del 55, la dirigencia sindical supo resistir y crecer durante la sucesión de gobiernos de todos los colores, negociando con quien estuviera en el poder y obteniendo el manejo de las obras sociales, lo que le dio independencia financiera y una fenomenal capacidad para sostener a Perón en el exilio y a las distintas tribus peronistas que pugnaban por volver al poder.

​Pero el modelo sindical peronista, que incluso sobrevivió a las privatizaciones menemistas de los 90 (lo que catapultó a muchos dirigentes como empresarios), está siendo duramente jaqueado desde que murió Néstor Kirchner y las decisiones acerca de qué hacer con la CGT y los gremios pasan por Cristina y el secretario Legal y Técnico, Carlos Zannini.

​Ambos, Presidenta y abogado, desprecian al movimiento obrero organizado y no comparten sus códigos, a los que consideran poco menos que "mafiosos". Ya en Santa Cruz mantenían una relación en extremo difícil, como pueden atestiguarlo desde los maestros hasta el mismísimo ex dirigente municipal Daniel Peralta, hoy gobernador.

​Liberada del súperyo de su marido, Cristina pudo actuar con Hugo Moyano como de verdad quería. A saber, ninguneándolo, hasta que se cruzó de vereda. Está claro que lo logró y que obtuvo, a cambio, una CGT dialoguista. Pero los sindicalistas que quedaron del lado del Gobierno se encontraron con un problema insoluble, como es que desde la Casa Rosada nadie con poder de decisión quiere dialogar con ellos. A Cristina sólo le gusta invitarlos a que la escuchen. Y hoy se enfrentan a la circunstancia de ser los convidados de piedra de un ajuste que la mayoría considera necesario para recomponer la economía de años de dislates, a cambio de nada. O sea, ni devolución de la deuda a las obras sociales, ni formar parte del debate de la transición política, ni siquiera cargos partidarios o gubernamentales. Nada de nada.

​El ninguneo sistemático a la dirigencia sindical, ciertamente criticada por buena parte de la opinión pública urbana, tuvo como consecuencia directa la aparición de un nuevo actor sindical, distintas vertientes del trotskysmo argentino, que se vienen reproduciendo como reguero de pólvora en los más importantes gremios del país. Sobre todo, en aquéllos con mejores vínculos con el kirchnerismo.

​El caso del Suteba es, por cierto, notable. La lista "Multicolor" ganó el año pasado en 9 seccionales: La Matanza, La Plata, Berazategui, Quilmes, Escobar, Tigre, Marcos Paz y Bahia Blanca. La secretaria general de La Matanza se llama Romina del Plá. Se trata de una joven con dotes innegables de liderazgo, muy formada, hija de dos dirigentes docentes de Santa Cruz y sobrina de Claudio del Plá, que ganó una diputación nacional en Salta. Son todos del Partido Obrero.

Este sábado, las seccionales de izquierda de Suteba rechazaron levantar el paro pero fueron vencidos por los seguidores de Baradel

​Un asunto poco comentado es que, mientras el sindicalismo tradicional se fue dividiendo en por lo menos cinco partes durante estos años, el trotskysmo se fue uniendo. Así, ganó universidades, concejalías, diputaciones, senadurías y, como empieza a hacerse visible, también gremios. Lo que fue una gran viveza de parte del Gobierno kirchnerista, el "dividir para reinar", fue utilizado con inteligencia por la izquierda trotskysta. En la Alimentación, los Telefónicos, el Caucho y el Petróleo, por nombrar algunos casos, hay comisiones de delegados y seccionales enteras que responden a listas de izquierda. En la mayoría de los casos, no crecen por propuestas ideologizadas, sino porque los dirigentes tienen un buen contacto con las bases, y se hacen cargo de las demandas más inmediatas, sin aceptar los grandes relatos del poder gobernante.

​Otro caso notable es el de los Gráficos, que sigue teniendo como secretario general al fundador de la CGT de los Argentinos, Raimundo Ongaro. Su pasado combativo, sin embargo, no le alcanzó para evitar una impresionante movilización opositora en la puerta del sindicato, la histórica sede de la CGT-A de Paseo Colón al 700 (donde Rodolfo Walsh iba a escribir el famoso periódico), para obligarlo a realizar una asamblea general.

​Para Pablo Viñas, delegado gráfico "naranja", "la coherencia nos está jugando a favor, nuestro prédica es nítida y fuimos ocupando el espacio abandonado por otros". Algo parecido opina el economista demócrata cristiano Carlos Leyba, porque "mientras el Gobierno le quite al sindicalismo tradicional su función de mediador, su rol de correa de las necesidades de la clase obrera, me parece obvio que tiene que crecer la izquierda". Y agrega: "Allí donde no hay diálogo, lo que crece es la acción directa".

También hacen pie en los gremios de Alimentación, Telefónicos y Petróleo

​Su experiencia es valiosa y vale la pena contarla aquí. Como subsecretario general del Ministerio de Economía en tiempos de José Ber Gelbard, tuvo a su cargo la coordinación del Pacto Social 73/74 y el Plan Trienal 74/77. Cuando en nuestro país se explicita la necesidad de encarar políticas de acuerdo, se suele traer el ejemplo del Pacto de la Moncloa, en España. El proceso iniciado con las "Coincidencias programáticas del Plenario de Organizaciones Sociales y Partidos Políticos", que fueron firmadas el 7 de diciembre de 1972, y que dieron origen posteriormente al "Acta de Compromiso Social" o Pacto Social, firmado en mayo de 1973, es tan interesante como desconocido en el presente.

​Esta historia, con sus detalles, está perfectamente relatada en Economía y política en el tercer gobierno de Perón, que escribió el propio Leyba. Allí se dice, por ejemplo, que cada sector político o económico no renunciaba a su visión de las cosas, pero aceptaba un compromiso común basado en la postergación de demandas y "en una cierta renuncia a posiciones adquiridas", ambas cuestiones "requisitos indispensables para construir los cimientos de una sociedad tolerante y paciente, en un marco político que reinstale las instituciones democráticas y la convivencia política".

​Antes de la firma, hubo larguísimas sesiones de discusión del diagnóstico y las soluciones a los problemas. Nadie firmó a ciegas. Todos tuvieron la posibilidad de discutir el texto, además. Lo insólito de ese compromiso es que fue firmado por todos los partidos políticos, menos la Nueva Fuerza de Álvaro Alsogaray y el Partido Comunista, y todos los actores económicos, incluidos por supuesto la Sociedad Rural Argentina y la Federación Agraria Argentina.

​Perón se murió y la guerra interna se desató con toda la furia, dejando inconclusa esa experiencia de acuerdo social en medio de la Argentina violenta. Sin embargo, tal vez valga la pena desempolvarla en algún momento.

​Mientras tanto, los sindicatos opositores lanzaron una huelga general para el 10 de abril, sin discursos ni movilizaciones. No es una novedad la medida, sino la constatación de que cada vez son más los que están colocados en la vereda de enfrente al Gobierno. Hace unos años, sólo protestaba la CTA de Pablo Micheli, luego se sumaron la CGT de Hugo Moyano y la CGT de Luis Barrionuevo. Varios gremios nacionales de la CGT de Antonio Caló serán de la partida. Y, creer o reventar, también la Coordinadora Sindical Clasista del PO.

​Claro que no los une el amor. Como dice Gerónimo "Momo" Venegas, firme militante por la unidad sindical, "el Gobierno sólo nos va a sentar a su mesa cuando vea que estamos todos juntos".

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