El Gobierno y la CGT, en una encerrona

Por Eduardo van der Kooy

Las vísperas de la cumbre que el gobierno macrista sostendrá con la conducción tripartirta de la CGT no han resultado las peores. Mañana, el ministro de Hacienda, Alfonso Prat-Gay, recibirá a Juan Carlos Schmid, Héctor Daer y Carlos Acuña. Esos dirigentes dejaron la semana pasada la amenaza de un paro nacional para el mes que llega. Una propuesta similar empujan las CTA de Pablo Micheli y Hugo Yasky, cuya medida de fuerza de ayer, con movilización al Congreso, distó de la envergadura de actos precedentes.

Esa valoración, tal vez, conceda cierta razón a jerarcas sindicales que, aún admitiendo el deterioro de la situación económico-social, estimarían prematura una medida de choque con Mauricio Macri como representa una huelga. Sería aquello que por lo bajo acostumbran a susurrar Hugo Moyano y Luis Barrionuevo. “No sé si el humor social está ya para tanto”, vacilan. Esas dudas aumentan ante la primera señal económica favorable, aunque todavía precaria: el freno a la inflación.

También el dilema del sindicalismo ceteísta podría explicarse desde otro ángulo. Habría un sobregiro político en su conducción fogoneado por las diferencias internas que datan del ciclo kirchnerista. El docente Yasky estuvo hasta el 10 de diciembre último con Cristina Fernández. Micheli fue un consecuente objetor de la ex presidenta y militó aliado, muchas veces, a los viejos cegetistas. Aquel sobregiro podría verificarse en el calendario. Con la de ayer, la CTA completó la quinta protesta activa –total o parcial– contra la administración de Macri. El Presidente se apresta a ingresar recién en su décimo mes de mandato.

Los ceteístas andan además transitando una paradoja. Rechazan, entre varias cosas, el ajuste y los despidos en el Estado. De hecho, la única vez que convergieron con la CGT fue cuando Macri decidió vetar la ley antidespidos votada por el Congreso. Sucede algo: el ajuste y la pérdida de empleo recae en especial sobre el sector privado. Los recortes estatales, donde la CTA ancla su representación, ha resultado comparativamente mínimos. Basta atender la pérdida de puestos de trabajo en la industria de la manufactura o la construcción para entenderlo. Bastaría además con revisar los números del gasto público del Gobierno que le impedirán este año cumplir con la reducción del déficit fiscal. En el mejor de los casos conseguiría conservar índices similares (alrededor de 7% del PBI) que heredó del kichnerismo.

El macrismo sufre, de alguna manera, con esa realidad. Los movimientos sociales consumen buena parte de los recursos del Estado que, para evitar sobresaltos, el Gobierno resolvió sostener. Pero muchos de aquellos movimientos (Corriente Clasista y Combativa, Barrios de Pie y el Movimiento Evita) se sumaron ayer al paro de la CTA. “Al final financiamos las huelgas en nuestra contra”, se lamentó un secretario de Estado macrista.

Desde el oficialismo se han ocupado de otra cosa. Señalar cómo de manera solapada o explícita el kirchnerismo duro se filtra en esa manifestaciones. Yasky ha sido uno de los apuntados. Pero en los primeros días de septiembre, cuando la CTA combinó con la CGT recién unida la realización de la Marcha Federal, surgieron diferencias públicas entre ambas centrales obreras por el protagonismo de actores ultra K. O de aliados. Los cegetistas criticaron entonces a Amado Boudou y a Luis D’Elía. Pero suele estar presente también Fernando Esteche, el líder de Quebracho. Hay algunas asociaciones que sorprenden, ilustrativas quizás sobre la diáspora que envuelve al kirchnerismo. El ex vicepresidente procesado se afilió a MILES, el partido del ex piquetero. Pero en los días venideros participará en un seminario en La Plata junto a Esteche. La temática rondará “las nuevas estrategia imperiales” para la colonización de América Latina.

Ese panorama incomodaría visiblemente a los dirigentes de la CGT que, en caso del paro prometido, deberían compartirlo con la CTA y una fauna kirchnerista a la cual no podrán gambetear. Los legítimos reclamos salariales y laborales podrían verse sazonados por un exceso de política.

Daer, Schmid y Acuña tampoco ignorarían el contexto partidario. Ninguno de los gobernadores peronistas, al menos hasta ahora, salió a avalar la posibilidad de una medida de fuerza. La única módica venia surgió de la conducción partidaria que representan José Luis Gioja y Daniel Scioli. Se trata de un tándem que palidece en el interior del peronismo. Sergio Massa, del Frente Renovador, advirtió que el paro no sería el camino aconsejable. También le requirió al Gobierno algún esfuerzo compensatorio. El diputado del FR es el único dirigente de primera línea que posee una referencia en el triunviro cegetista. Daer es el hombre, aunque el vínculo haya perdido ahora mismo bastante temperatura. También Schmid alargó distancias con su viejo jefe, Moyano.

Los cegetistas tampoco dejan de computar otro par de situaciones. Muy difícilmente logren arrancar de la prescindencia a los mandatarios que empiezan a sumergirse –a través de sus legisladores– en la discusión del Presupuesto. Un resorte clave para ellos. También registran el plenario de intendentes que el Presidente convocó para mañana en Tecnópolis. Más de dos mil. Por el momento no se conocen deserciones notables. En cambio, confirmaron su presencia alcaldes que triunfaron incluso bajo la sigla del Frente para la Victoria (FpV).

Ese paisaje forzaría a dejar en suspenso uno de los planes políticos de la CGT, presente en el paro hipotético: el de intentar reponer a la central obrera como brazo articulador del PJ. Una tarea bien ardua si Cristina resolviera el año que viene competir en Buenos Aires. Les faltaría todavía recorrer un buen trecho para posicionarse en tal lugar. La meta podría ser más realista: lograr alguna concesión del Gobierno que los legitime, en su primera acción, como una conducción eficaz. Una respuesta que mitigue los efectos del ajuste, derivados también de la desquiciante herencia kirchnerista. El triunviro necesitaría, antes de progresar con sus planes políticos, recomponer relaciones con sectores sociales no sindicalizados a los cuales las huelgas suelen fastidiar. Las clases medias, por otorgarle una tipificación. Un punto de partida imprescindible para expandir su base de sustentación.

Los cegetistas le han abierto al Gobierno un menú generoso para que ninguna de las partes quede en una encerrona prematura. Proponen que se exima del pago de Ganancias al próximo aguinaldo. Un aumento de emergencia para los jubilados. Un bono de fin de año para compensar la pérdida del poder adquisitivo. Una mejora para los planes sociales. El paquete podría abrirse para satisfacción sólo de algunas de esas medidas. No necesariamente de todas.

Prat-Gay estará acompañado en la cumbre por Jorge Triaca. Podrá sumarse el ministro de la Producción, Francisco Cabrera. Los funcionarios van con la idea de atender la agenda sindical y realizar alguna contrapropuesta que, como primer objetivo, aplace la medida de fuerza anunciada el viernes pasado. Si despunta la tregua podría aparecer un encuentro con Macri, que sería la ambición del triunviro cegetista. Esos hombres conocen la hoja de ruta porque también conocen otra cosa: el diálogo discreto que, más allá de discordias públicas, el Presidente mantiene, sobre todo, con Moyano y Barrionuevo.

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