Moyano, entre la reelección y su posible retiro

Moyano, entre la reelección y su posible retiro
La consigna “que se vayan todos” nunca prendió en el sindicalismo. Y si en este sector existió el “que se queden todos de por vida” no es justamente por la ausencia de efervescencia en las bases, sino por un sistema político y económico que privilegió un establishment que maneja los gremios, casi sin cambios desde hace treinta años.
A cualquier gobierno y al empresariado siempre les convino negociar con gremialistas “confiables” antes que con los que podían resultar incontrolables. Sería muy sencillo democratizar los sindicatos: bastaría con obligar a que sus estatutos no incluyeran requisitos casi imposibles de cumplir.

Es más fácil aspirar a convertirse en presidente de la Nación que ser candidato a secretario general de un gremio.

Pero si esa decisión derivara en una dirigencia más combativa, ¿lo soportaría el poder político y empresarial? “No somos imprescindibles, pero somos necesarios para que haya paz social”, explicó Oscar Lescano a este cronista en 2011. Esa es una de las claves que explican por qué el sindicalismo es la única “corpo” que casi no cambió desde 1983 (o, quizás, desde mucho antes), ni de comportamientos ni de dirigentes.

Hoy, el panorama es desolador. Muchos de los más importantes sindicalistas superan los 75 años de vida y los 30 de mandato continuo. Varios tienen problemas de salud. Algunos, desconfiados, nunca quisieron tener una clara línea de sucesión. Armaron patotas para disuadir a los opositores. Se preocuparon más por sostener económicamente sus organizaciones, y sus propias cuentas bancarias, que por acercarse a los trabajadores. Para colmo, Cristina Kirchner rompió la lógica y no negocia corporativamente con ellos. Directamente, no negocia y pretende un disciplinamiento total. Esa realidad, sumada a los fallos de la Corte que dan aire a los delegados y a sus competidores, marca el fin de una era.

Por eso es tan importante que un dirigente como Hugo Moyano admitiera la semana pasada que “no hay mucha democracia sindical” y, sobre todo, que “hay que modificar la reelección indefinida de los dirigentes”. Lo dijo alguien que está en el poder desde hace 20 años. Y que incluso prevé dejarlo: “Por supuesto que no puedo predicar en favor de algo (como el rechazo a la reelección indefinida) que no voy a cumplir”, reveló a este cronista. ¿Y a qué se dedicaría?

“Me iría a casa a descansar”, dijo, entre risas.

Pero mucho antes de que Moyano se jubile cuando venza su mandato, en 2016, puede haber cambios que nunca se dieron en el gremialismo. Por ejemplo, quizá antes de fin de año se conozca el resultado de la compulsa que el miércoles pidieron los metrodelegados para que el Ministerio de Trabajo verifique si tiene más afiliados que la UTA entre los trabajadores del subte y, en consecuencia, le otorgue la personería gremial.

Es el primer test para un sector combativo que decidió romper con un sindicato tradicional y armar una organización propia. Cerca de Beto Pianelli, líder de los metrodelegados, confían en tener 2.100 afiliados entre 3.200 trabajadores del subte.

Tanto la UTA como los metrodelegados militan en el kirchnerismo, aunque hay más coincidencias ideológicas y personales entre la Casa Rosada y los muchachos pianellistas, que representan para el oficialismo, además, una forma concreta de embestir contra el macrismo. Roberto Fernández, jefe de la UTA, está enrolado en la CGT Balcarce, pero se mantiene en una actitud crítica por el constante destrato del oficialismo y se sumaría al nuevo paro general del moyanismo. Sabe, además, que el ministro Carlos Tomada habría alentado a Pianelli a pedir la compulsa y que la sola decisión gubernamental de aceptar este procedimiento es una amenaza a su poder.

En medio del pedido de compulsa, la inauguración de las nuevas estaciones de subte sonó como la intención de licuar una de las históricas banderas de los metrodelegados, como la reducción de la jornada de trabajo. ¿No lo sabía el macrismo? ¿O aprovechó para provocar al díscolo gremio como parte de la campaña? Preguntas similares podría hacerse el gobierno porteño: después de todo, Claudio Dellecarbonara, delegado de la línea B, es candidato a senador nacional en la Capital por el Frente de Izquierda.

Fernández y Omar Maturano, líder de La Fraternidad, otro de los sindicalistas K enfrentado al Gobierno, iban a reunirse con Moyano, pero el encuentro quedó en suspenso. Pesó, más que nada, una gestión del ultra-K Omar Viviani, que el miércoles pasado, por pedido de Antonio Caló, estuvo con Maturano para sondear su decisión de volver al moyanismo.

“No me voy de la CGT oficialista, y si lo hago, van a ser los primeros en enterarse”, advirtió. De allí surgió la decisión de revitalizar la Ugatt, la central K del transporte, con un sesgo crítico del Gobierno. Pasado mañana hablarán sobre este tema Viviani, Maturano, Fernández y Pablo Biró, del gremio de pilotos.

Las señales, aun así, son confusas. Dirigentes de la UTA y de La Fraternidad compartieron un acto en Rosario con Juan Carlos Schmid, de la CGT Azopardo, y miembros del gremio de colectiveros estuvieron ayer con el moyanista Abel Frutos en la inauguración de una escuela de capacitación de los panaderos, en Lomas de Zamora.

Son sólo esbozos de unidad, pero las internas del domingo próximo pueden aportar el germen de una futura unidad cegetista. Después de todo, si Cristina Kirchner no gana por amplio margen, se verá nuevamente la cara más inalterable del gremialismo peronista: esa que siempre apuesta a ganador y sólo le sonríe al que tiene el poder.

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