Primeros escarceos de la paritaria más picante de la era

Primeros escarceos de la paritaria más picante de la era
Con el bronceado de Punta aún intacto, los jerarcas de la UIA se sentaron el martes a redactar un comunicado para intentar reabrir el diálogo político del establishment con el Gobierno, enterados de que la presidenta Cristina Fernández hablaría más tarde en cadena nacional.
La respuesta fue un reto público que los descolocó tanto a ellos como a los dirigentes gremiales oficialistas, sus interlocutores en una ronda de paritarias que promete más pelea que todas las anteriores de la era K. Las miradas del poder empresarial y sindical siguen fijas en Axel Kicillof, quien consiguó esta semana el primer respiro de sus últimos 15 días gracias al guiño que le hizo el Club de París y a la ola de ventas forzadas de dólares de los bancos que plancharon la cotización del billete verde. Pero en las sombras se mueve Guillermo Moreno, todavía en el país y más activo de lo que la mayoría cree. También rumian su malestar ante Julio De Vido las empresas de servicios públicos, que con la devaluación vieron alejarse otra vez en el tiempo su tan ansiada suba de la luz y el gas. Desde muy cerca de Kicillof les llegó un mensaje previsible: un tarifazo antes de las paritarias sólo echaría nafta al fuego inflacionario.

A fines de noviembre, cuando Cristina cambió el gabinete, la Unión Industrial apostó a que Jorge Capitanich sería un contrapeso de Kicillof. Pero se estrellaron con una cruda realidad: el jefe de Gabinete no les abrió ninguna puerta ni logró una mejor llegada a la Quinta de Olivos que el ministro de Economía. “Dejen de buscar culpables, Coqui, busquemos soluciones que esto nos lleva puestos a oficialistas y opositores”, le espetó esta semana su excolega de gabinete duhaldista José de Mendiguren cuando lo cruzó en un estudio de tevé. La respuesta del chaqueño fue la misma que ante las cámaras: la crisis es pasajera y se superará pronto.

El comunicado del martes fue leído en la Rosada como una declaración de guerra. Pedía “un plan integral” para recuperar “previsibilidad” y “confianza” y salió de la pluma del hoy diputado massista De Mendiguren pero también de las de Luis Betnaza (del grupo Techint, que impulsa a Hermes Binner para 2015), Daniel Funes de Rioja (industria alimentaria), Cristiano Rattazzi (Fiat), Juan Carlos Sacco (gráficos), José Luis Basso (autopartistas) y José Urtubey (hermano del gobernador). La respuesta de Cristina no admitió dobles lecturas: “No les mientan más a los argentinos”. Fue unos minutos después de la reprimenda a “Antonio” (Caló, líder de la CGT oficialista) por haber opinado que la inflación empujó a muchos argentinos a pasar hambre.

Carlos Tomada no pudo ocultar el sinsabor que le dejó ese reto al gremialismo. Lo comentó esa misma noche con dirigentes que le pidieron explicaciones. Hasta la ultrakirchnerista CTA de Hugo Yasky se solidarizó con Caló, pese a que las diferencias entre ambas centrales son irreconciliables. El ministro de Trabajo sabe que ni los sindicatos más alineados con el oficialismo firmarán recomposiciones salariales inferiores al 28%. Para peor, varias cámaras patronales le acercaron una idea políticamente inviable: que en vez de paritarias, este año haya una suma fija única de aumento para todos los gremios y que sólo los sectores que registren ganancias puedan discutir mejoras por encima de eso. Parece similar pero es todo lo contrario a lo que reclaman los sindicalistas: sumas fijas, sí, pero como puente para compensar la inflación hasta que se abran las discusiones.

Gana la banca

Junto a Daniel Scioli, en público, el consultor Miguel Bein inyectó algo de optimismo esta semana en medio de la incertidumbre general. “La liquidación de la próxima cosecha estabilizará el stock de dólares”, vaticinó. Entre sus clientes, no obstante, el economista difundió su propio índice de inflación de enero, que arrojó un 4,4% impulsado por las subas en transporte, salud y esparcimiento. Y se animó a trazar un par de escenarios para 2014. Uno incluye una recomposición salarial del 28%, inflación “punta a punta” del 33,6% y caída del salario real del 4,2%. El otro, unas paritarias del 33%, inflación del 37% y deterioro del 2,9% del poder adquisitivo de los trabajadores.

A diferencia de los industriales, desencantados con Capitanich, los banqueros “nacionales” hicieron una apuesta bastante más rendidora. Hablan por teléfono casi a diario con el jefe del Central, Juan Carlos Fábrega, quien tampoco descuida a varios consultores que volvieron a hacerse habitués de paneles televisivos. Aunque la banca debió salir a vender sus dólares atesorados por la nueva normativa que publicó el Central el miércoles, lo hizo después de anotar jugosas ganancias contables por esos mismos dólares gracias a la devaluación de mediados de enero.

Como la dinámica económica no siempre acompaña a los discursos, los bancos también recibieron sus dardos desde el atril el martes, mientras el Central convalidaba las nuevas subas de las tasas de interés que el sector reclamaba. La Presidenta, igual, les facturó en cadena nacional que “no la quieran mucho”. También apuntó sin nombrarlo contra Alfredo Chiaradía, su antiguo vicecanciller y embajador en Washington. Al hoy director de la Cámara de la Industria Farmacéutica (CILFA) le pidió que “deje de quejarse” y le advirtió que el Estado es el que compra los medicamentos que fabrican sus plantas.

La procesión de Guillote

Guillermo Moreno todavía no viajó a Roma para ocupar su puesto como agregado comercial en la embajada argentina. Sí voló hacia allá su mujer, la escribana Marta Cascales, junto a una colaboradora, el mismo día que el Central convalidó la mayor devaluación diaria del peso desde 2002. El ex todopoderoso secretario de Comercio confió a sus amigos que Cascales viajaba “a buscar departamento” y que él se le unirá recién la semana próxima, tras haber demorado su partida lo máximo posible para “mantenerse en la trinchera”.

Lo que pocos saben –incluso en el Gobierno– es que Moreno mantiene una pequeña oficina en el edificio donde funciona el viejo Instituto Nacional de Reaseguros (INDER), justo frente al que alberga a su sucesor, Augusto Costa. Allí se reunió en secreto dos semanas atrás con los funcionarios que todavía le responden en la cúpula del Indec, Norberto Itzcovich y Ana Edwin, a quienes Kicillof no logró desplazar de sus puestos. La cita no pasaría de lo anecdótico si no fuera porque el jueves próximo el Indec debe dar a conocer su nuevo índice de precios “nacional”, una medición que, si se mantiene en el terreno de la ficción morenista, podría complicar el acceso al crédito internacional que busca el Palacio de Hacienda. ¿Se acercarán Edwin e Itzcovich al número que publicó Bein, con el que coinciden economistas y académicos, o acompañarán la última estocada de Moreno contra el ministro de Economía antes de volar a la ciudad del Papa Francisco?

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