El sindicalismo K ya abandona el barco

“Se enfrió la economía y está en peligro el modelo industrial”, advirtió el titular del SMATA, Ricardo Pignanelli

Era previsible. Una cosa es que el Gobierno destrate a su gremialismo más fiel cuando está en el apogeo de su poder, pero otra muy distinta es cuando lo somete a lo mismo en el final de su ciclo político. Por eso el sindicalismo K empezó a dejar de serlo. Todo comenzó la semana pasada, cuando la Casa Rosada no le dio ninguna respuesta a la CGT Balcarce sobre su reclamo contra el Impuesto a las Ganancias y se precipitó luego del desaire a sus dirigentes que significó el faltazo de Axel Kicillof a un almuerzo, frustrada escenificación del diálogo que Cristina Kirchner nunca quiso tener en serio. “¿Por qué nos hace esto? Kicillof ni siquiera es peronista”, bramó un gremialista.

La “venganza” no tardó en gestarse. Al día siguiente del desplante del ministro de Economía, Antonio Caló y Ricardo Pignanelli, líderes de la UOM y de SMATA, dos emblemas kirchneristas de la CGT Balcarce, le dieron su respaldo electoral a Daniel Scioli, el candidato oficialista al que, hasta ahora, no quiere la Presidenta y que venía de probar nuevamente el sabor amargo del estilo cristinista cuando le ordenaron que no presentara su lista de postulantes en Capital.

No fue el único gesto sindical que simboliza este viraje. Anteayer, en un plenario dirigido a unos 1.500 activistas de su gremio, realizado en Cañuelas, Pignanelli sorprendió al criticar a Kicillof porque “se enfrió la economía y está en peligro el modelo industrial”, y advirtió que el sindicato apoyó en los años noventa a Carlos Menem, pero que no le había temblado la mano para “hacerle un paro a Cavallo”. A la vez, pidió a su gente apoyar la candidatura de Scioli porque “quiere seguir con el modelo industrial” y “garantiza la defensa del modelo sindical”.

La sorpresiva ausencia de Kicillof (“por problemas de agenda”, fue la excusa) enfrió la comida de la CGT Balcarce, pero sirvió para recalentar al máximo los ánimos de los dirigentes K. Allí se acordó no pedir ninguna audiencia con otro funcionario (“¿para qué vamos a hablar si nunca tienen una respuesta?”, se dijo, con furia) y quedaron en reunirse a fin de mes para debatir el respaldo a algún candidato presidencial. Pero también surgieron chispazos por las negociaciones para la reunificación de la CGT: “La negación de la unidad del movimiento obrero no existe”, le dijo José Luis Lingeri (Obras Sanitarias) a Caló y a Omar Viviani (taxistas), que se resisten a sumarse a estas tratativas, ya reactivadas y a las que sumó Armando Cavalieri (Comercio), de “los Gordos”.

Los funcionarios K más políticos, como Aníbal Fernández y Carlos Tomada, sufren porque alguna señal de la Presidenta sobre un alivio en Ganancias podría haber evitado este clima espeso contra el Gobierno que domina ahora a la dirigencia sindical más obsecuente y a la que el kirchnerismo podría necesitar ante la temporada alta de las paritarias y un proceso electoral tan decisivo.

¿Sólo Scioli sale ganando de este giro sindical? Si Cristina no reacciona, será casi imposible que sume más adherentes en la CGT Balcarce un candidato ultraoficialista como Florencio Randazzo y mucho menos un fundamentalista K como Sergio Urribarri. Pero podrían producirse algunas migraciones a las filas de un peronista claramente opositor como Sergio Massa: ¿dará ese paso el kirchnerista Gerardo Martínez (UOCRA), el favorito de la Presidenta? “Yo no me voy a suicidar políticamente”, le advirtió, enigmático, al ministro Julio De Vido. Sus colegas del sector independiente de la central obrera oficialista, Lingeri y Andrés Rodríguez (UPCN), tienen una fluida relación con el jefe renovador, pero seguramente apostarán por el gobernador bonaerense.

En las filas sindicales opositoras, Massa sumó finalmente a Luis Barrionuevo, distanciado de José Manuel de la Sota, y formalizaría el pase de un pelotón de gremios del transporte de la CATT. Pero Hugo Moyano entró en crisis con el líder del Frente Renovador, con cuya fuerza llegó a acuerdos electorales en distritos como Chubut, Misiones y Salta: el camionero se enfureció cuando los tres concejales massistas de Mar del Plata se abstuvieron en una votación que perjudicó a su gremio. Por las dudas, el jefe cegetista le hizo un guiño a su aliado sciolista Omar Plaini: durante el relanzamiento de su partido, en el Luna Park, hizo subir al canillita al escenario y en su discurso quiso contenerlo cuando dijo que en su agrupación había dirigentes de pensamientos distintos.

Mauricio Macri, mientras, subió sus acciones sindicales tras la decisión de la UCR de acordar con PRO. Los gremialistas ya juegan secretamente en la interna entre Horacio Rodríguez Larreta y Gabriela Michetti, mientras el macrismo ya definió su plan para conquistar el voto gremial: si llega a la Presidencia, lo primero será derogar Ganancias, instrumentar un pacto social que permita acordar niveles de precios y salarios, y lanzar un mecanismo “equitativo y transparente” de reparto de los fondos de las obras sociales. Será más difícil que les ceda lugares en las listas, donde sólo entraría el gastronómico Dante Camaño, vocal de Boca y de una fecunda amistad con Macri.

El anticristinismo le daría más fuerza al paro del transporte para el 31 de marzo. Se sumarían, sin explicitarlo, algunos sindicatos K y confirmarán su adhesión la Asociación Bancaria y la CGT de Moyano. ¿Habrá en mayo una huelga de 36 horas? Es posible. Esa vieja maquinaria del sindicalismo peronista empezó a alejarse del kirchnerismo y a acercarse al gobierno que viene. Y aunque cruje es implacable con sus engranajes orientados, como siempre, hacia el poder.

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