Los sindicatos, con miedo a un posible ajuste

Los sindicatos, con miedo a un posible ajuste
Más inflación. Alza de precios. Aumento de tarifas. Pedidos de recomposición salarial para antes de fin de año. El horizonte poselectoral que prevén algunos encumbrados gremialistas en materia socioeconómica no es el mejor. Y la respuesta de los dirigentes, hasta ahora, es esperar. Desunidos, como de costumbre.
Porque muchos imaginan que la perspectiva de un ajuste económico, aunque sea de manera camuflada, como es tan habitual en el kirchnerismo, cambiará de manera imprevisible el mapa sindical actual.

Hugo Moyano, que está a punto de perder espacio político por el derrumbe electoral de su alianza con Francisco de Narváez, podría recuperar protagonismo si se cumplen los peores pronósticos económicos.

Lo mismo sucederá con la CTA opositora que encabeza Pablo Micheli, a la que la posible agitación social le permitiría avanzar con su estrategia de movilización permanente y de crecimiento en sindicatos que están políticamente maniatados.

En la vereda de enfrente, hay aroma a desorientación. Si se disparan algunas variables de la economía, la CGT Balcarce y la CTA de Hugo Yasky (ambas enroladas en el oficialismo) congelarán sus realineamientos internos por la necesidad de no poner en riesgo la gobernabilidad, aunque quizá haga prosperar las conversaciones entre ambas centrales para que algunos gremios ceteístas se pasen a las filas de la estructura que comanda Antonio Caló.

Desde el sindicalismo massista, mientras, rezan para que nada empeore y para que todo siga más o menos igual que ahora hasta 2015. En ese sector tan heterogéneo (hay exponentes de “los Gordos”, barrionuevistas, dirigentes ceteístas y del moyanismo) intuyen que si la economía se complica, Sergio Massa deberá ayudar a Cristina Kirchner a que pueda gobernar sin sobresaltos gracias al poder concreto (bloque propio de legisladores y más adhesiones de gobernadores e intendentes) que le podría dar su triunfo electoral en la provincia de Buenos Aires. Nadie sabe hasta qué punto una eventual negociación con la Presidenta podría deteriorar el proyecto presidencial del líder del Frente Renovador.

¿Se animaría el massismo, por ejemplo, a insistir en la sanción de su proyecto sobre Ganancias si hay riesgo de que desfinancie al Estado y, por ende, de que recaigan en su sector las culpas por la eventual repercusión negativa de la iniciativa?

Cuando terminen las elecciones, sin campaña a la vista, aparecerá la economía real, la política concreta. Y nadie sabe cómo se conciliarán las posibles luces amarillas en materia de inflación, poder adquisitivo de los salarios y niveles de empleo con la luz verde que se prenderá dentro del peronismo en la vertiginosa carrera para suceder a Cristina en 2015.

Como si intuyera -o supiera- lo que se viene, la Iglesia dio algunas señales sugestivas. La semana pasada, durante la presentación de un libro que recopila las homilías de Jorge Bergoglio como arzobispo de Buenos Aires, se vio reflejado el fruto de los esforzados contactos sindicales del padre Carlos Accaputo, titular de la Pastoral porteña y operador político del papa Francisco. Además de dirigentes oficialistas y opositores, había gremialistas de cada sector: desde ultrakirchneristas como Caló, Yasky y Andrés Rodríguez hasta moyanistas como Gerónimo Venegas y Juan Carlos Murgo.

Aun así, ni el Papa puede hacer milagros: todos los sindicalistas celebran ese tipo de gestos conciliadores, pero creen que la unificación de la CGT no está cerca. Cristina debe gobernar dos años más y su influencia directa en la gestión sigue resultando irresistible para la CGT Balcarce. ¿Cómo abandonar a la Presidenta, por ejemplo, cuando se muestra tan dispuesta a proteger al viejo modelo sindical? En la central obrera K aseguran que Carlos Zannini, el influyente secretario Legal y Técnico de la Presidencia, fue el que operó secretamente en la Corte Suprema para evitar más fallos laborales “indeseables”, como el que diluyó el sistema de personería gremial.

Lo habría hecho a pedido de empresarios y sindicalistas, que mantuvieron contactos informales incentivados por el mismo miedo a que aquel polémico fallo le quitara poder a los gremios tradicionales y alentara la multiplicación de organizaciones paralelas.

En ambos sectores quieren impedir el avance de la CTA opositora, que alienta la creación de nuevos sindicatos, y del sindicalismo combativo, que sigue creciendo en las comisiones internas de importantes fábricas: el trotskista PTS acaba de ganarle otra vez al peronismo en Pepsico, con un 66% de los votos, y en Alicorp (ex Jabón Federal), con un 53%, y en noviembre pondrá en juego su preeminencia cuando se voten delegados en Mondelez, la ex Kraft, todo un símbolo para la izquierda tras el duro conflicto de 2009.

El que desafió a sus rivales gremiales es Víctor De Gennaro, que el jueves pasado inauguró un inédito encuentro de 40 abogados de la CTA disidente de todo el país: “No van a querer una nueva ley sindical”, advirtió el diputado de Unidad Popular, para quien “el poder de la lapicera que otorga la personería gremial es una fuente de corrupción”.

En la reunión ceteísta se produjo un inédito y saludable debate del anteproyecto de reforma de la ley sindical, en el que se debatieron temas que representan un tabú para la mayor parte del gremialismo, como la posibilidad de que la afiliación a los sindicatos sea obligatoria o la legitimidad de las cuotas solidarias en los convenios colectivos.

En el Gobierno no parece haber debate posible, en cambio, sobre el destino de la Orquesta Estable de la Radio y Televisión Pública: sus 52 integrantes reclaman desde hace ocho años que termine su precaria situación laboral (desde 2005 trabajan como personal eventual, sin aportes jubilatorios, licencias médicas, aguinaldo ni vacaciones) y más del 60% de los músicos cobra 2900 pesos por mes. Este tipo de realidades destruye cualquier relato: mientras los funcionarios mantienen ese estatus irregular, difunden como un logro las deliberaciones tripartitas de la Comisión de Trabajo Informal, que, en teoría, busca combatir el empleo en negro. ¿No hay allí algo que desafina?

Comentá la nota