"Trabajadores, únanse": gremios opositores convocan al paro con una fuerte campaña publicitaria

"Trabajadores, únanse": gremios opositores convocan al paro con una fuerte campaña publicitaria
"Trabajadores, únanse". La frase fue pronunciada por Perón el 17 de octubre de 1945, el día que formalmente nació el justicialismo en la Plaza de Mayo. Casi siete décadas después, las centrales de Moyano y de Barrionuevo evaluaban anoche incluirla entre las consignas con las que piensan reforzar la convocatoria al paro de 24 horas del jueves 10 del mes próximo, a través de murales callejeros y spots de TV que se verán en breve.
El sindicalismo opositor decidió poner en marcha la maquinaria publicitaria recién una vez asegurada la participación en la huelga del colectivero Roberto Fernández y el ferroviario Omar Maturano, el impredecible jefe de La Fraternidad. La certeza de contar con dos gremios clave provenientes de la CGT oficial, hace creer a los huelguistas que no darán un salto sin red.

La amarga medicina que la CGT opositora prepara para la doctora Kirchner fue probada, con la excepción de su marido Néstor, por todos los gobiernos que hubo en la Argentina desde la vuelta de la democracia. Alfonsín fue por lejos el más castigado: la historia ha popularizado que el radical sufrió 13 huelgas, aunque en rigor se trató de 14 (el paro y movilización que en 1989 culminó con los destrozos de la sastrería Modart se extendió por otras 24 horas, en repudio a la represión policial en aquella jornada de protesta en la Plaza de Mayo y sus alrededores).

En su década como mandatario, Menem soportó 8 medidas de fuerza a nivel nacional. De la Rúa, el mismo número, aunque en sólo dos años de gestión. El provisional Duhalde, en cambio, experimentó dos veces esta instancia. Pero hay que decir que fue durante el alfonsinismo que se produjeron los paros más contundentes en cuanto a niveles de acatamiento. Entonces el sindicalismo peronista abrevaba en una sola CGT, la de Saúl Ubaldini. Los paros que vendrían luego, con la dirigencia gremial ya fragmentada, nunca alcanzarían adhesiones semejantes.

La pregunta del millón ahora es si el combo Moyano-Barrionuevo, más el concurso de la rama díscola de la CTA y de otras expresiones de izquierda, podrá lograr que el 10 de abril "no se mueva ni un alfiler" en el país, como han apostado. Se verá, pero en principio tienen con qué. Cuentan con una llave maestra: el control de la mayoría de los gremios del transporte; sean terrestres, ferroviarios, marítimos, aéreos o portuarios. Sin medios de locomoción no hay actividad, diría Perogrullo.

Al Gobierno no le faltan organizaciones adherentes en todos los sectores, pero de nada valen para suplir a los gremios en lucha. Vale el ejemplo de los trenes: el kirchnerismo cuenta de su lado a la Unión Ferroviaria, el gremio más numeroso de esa actividad. Pero aún en el supuesto que el 10 de abril todos sus representados concurran a sus puestos de trabajo, no están habilitados -ni capacitados- para suplir las funciones de quienes conducen las locomotoras o de aquellos encargados de la señalización para las formaciones. De modo que no habrá margen para diagramas de emergencia.

Entre los gremios del sector aeronáutico pasa lo mismo: basta que uno vaya a la huelga para desarticular la cadena. Ningún avión va a carretear siquiera si técnicos de vuelo y azafatas se quedan de brazos cruzados, que es a lo que se han comprometido concretamente esas dos organizaciones inscriptas en el moyanismo.

El kirchnerismo tiene de su lado a los peones de taxi de Omar Viviani y a los trabajadores del subte que lidera el metrodelegado Roberto Pianelli, que simpatiza con la CTA oficialista de Hugo Yasky. Una armada que parece insuficiente para neutralizar, especialmente fuera del ámbito capitalino, la casi segura ausencia de colectivos y de trenes. Hay otro factor indirecto que jugaría a favor del paro: la prevención de muchos ciudadanos, con independencia de sus ideologías, a salir de sus casas en días de huelga, aunque no se contemplen marchas ni concentraciones.

Consciente de estar frente a una parada brava, el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, salió ayer a azuzar al sindicalismo opositor al advertir que se aplicará "la ley que corresponda" para garantizar la prestación de los servicios de transporte. Se desconoce cuál es la ley de la que habla el ex gobernador del Chacho.

Porque en la Argentina, la legislación establece que en caso de medidas de fuerza se considerarán esenciales los servicios sanitarios y hospitalarios; la producción y distribución de agua potable; los servicios telefónicos y el control del tráfico aéreo. Los transportes no figuran entre los llamados servicios esenciales. Ese es el criterio también de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), máxima instancia del mundo laboral.

Siempre a través de Capitanich, el Gobierno procura además instalar la idea de que la medida de fuerza es como un traje a medida para Sergio Massa. El oficialismo pone el acento en dos cuestiones: primero, la cercanía política de distintos sindicalistas del espacio rebelde con el líder del Frente Renovador,que también tiene huevos en la canasta de la CGT de Caló.

Segundo, marcan las semejanzas que hay entre el discurso del ex intendente de Tigre y los ítems con los que la CGT opositora justifica la próxima medida de fuerza (ajuste, inseguridad, el problema del narcotráfico, aumento a jubilados, etc). Una cosa es cierta: no se recuerda otra huelga que haya incluido alguna vez el tema de la falta de seguridad. Massa se despegó de todo, empezando por los recientes exabruptos de Barrionuevo hacia la figura de Kirchner.

"Los argumentos de Capitanich son de cuarta...El Gobierno tiene que meterse en la cabeza que se le viene un parazo de los trabajadores", señaló a Infobae el actual diputado nacional Víctor de Gennaro, uno de los fundadores de la CTA.

Otro que se anotó para replicarle a Capitanich fue el jefe de Dragado y Balizamiento, Juan Carlos Schmid, principal vocero de la central de la calle Azopardo: "A lo mejor Caló exageró un poco cuando dijo que en la UOM había trabajadores que pasaban hambre, pero la Presidenta debería saber que hoy existen varios millones de argentinos que comen salteado. Por eso es el paro".

Justamente, Caló se juramentó ayer frente a la tumba de Lorenzo Miguel que no se bajaría de su reclamo paritario de un 30 por ciento de aumento para los metalúrgicos. Habló incluso de un plan de lucha para sostener esa demanda.

Nadie imagina que el Gobierno busque abrir una vía de negociación para evitar la huelga. El conducto natural debería ser el ministro de Trabajo, Carlos Tomada, actualmente en Europa arreglando detalles para la próxima conferencia de la OIT, a la que invitó al Papa Francisco la semana pasada, en compañía del constructor Gerardo Martínez y el empresario de la UIA, Daniel Funes de Rioja. Pero el jefe de la cartera laboral no habla. Un comportamiento en espejo con el de su colega de Educación Alberto Sileoni, al que no se lo escucha decir esta boca es mía respecto del interminable conflicto docente.

"Seguro que en los próximos días van a venir a apretarnos, nos van a amenazar con alguna carpeta...", dijo a este medio un dirigente muy próximo al camionero.

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