El mundo a la basura

El mundo a la basura

Nuestra civilización no dejará murallas como las chinas, ni pirámides milenarias ni rutas que estén en uso dentro de dos o tres milenios. (Nuestras rutas empiezan a destruirse cuando aún no han sido inauguradas). La civilización occidental mundializada ha llegado a pretender ser única después de creerse la mejor, pero si algo quedara de ella puede ser la concentración elevada de basura en los mares, depósitos de basura radiactiva, rastros de basura en lo alto de las montañas y basura en el lecho de los ríos.

 

Posiblemente la posteridad no sabrá conjeturar a qué se debieron, si es que no entiende que fue uno de nuestros despropósitos mejor logrados.

La luz eterna

El cuerpo de bomberos de Livermore, California, mantiene encendido un foco de filamento desde hace 118 años, como testimonio de lo que pudo ser. La industria moderna puso fin rápidamente a este exceso, tan perjudicial a sus fines. Sobre todo desde que terminó la segunda guerra mundial, la obsolescencia planificada sirve mantener activa la maquinaria económica aunque sea artificialmente, para mantener la tasa de ganancia que continuamente tiende a decrecer y como regalo, para generar enormes cantidades de basura intratable.

Inútil a plazo fijo

La obsolescencia programada implica producir objetos de consumo de tal manera que después de un período calculado de antemano por el fabricante, se rompan o se vuelvan obsoleto o inútiles y haya que olvidarse de ellos, que inician su existencia como basura.

Por ejemplo, hay países que imponen fuertes impuestos a los autos usados, aunque tengan solo un año de uso, para inducir a los automovilistas a desecharlos y comprar coches nuevos. Esta costumbre a la fuerza está declinando. Ahora con el pretexto de luchar por el ambiente se están retirando los mercados los autos diesel, porque el gas oil es caro y el petróleo, escaso. El resultado de la gran oferta de autos en su momento fue muchos abandonados en calles y caminos, conducidos trabajosamente como chatarra a cementerios tristísimos, donde producen una contaminación grave antes de ser destruidos a veces no tan rápido como llegan otros a reemplazarlos.

Otras veces el cálculo no implica la rotura del producto industrial sino su inutilidad porque ya no hay manera de usarlo, como ocurre por ejemplo con las tarjetas "inteligentes" de teléfonos o cámaras digitales, que un día los usuarios se desayunan con que son basura porque hay nuevas y las que les vendieron ya no se pueden usar: están obsoletas porque no se pueden "meter" en ninguna parte.

Las obsolescencia programada se ha convertido en una fuente normal de ingresos de los fabricantes, y en una necesidad de gasto que pocos usuarios cuantifican, a pesar de que es claro que los están robando. Muchas veces, se sienten felices al adquirir el nuevo producto que reemplaza al "viejo", que debe cargar sobre sí con todo lo que esa palabra connota en nuestra civilización.

Un caso notable de reversión de este "principio" industrial es la vuelta de los viejos discos de vinilo con el argumento del buen sonido. Habían recibido un adiós que se pretendió definitivo, los hicieron sonar feo a favor de los compactos, y ahora resultan que suenan bien.

La cosa es que el producto en algún momento fallará sin causa aparente para que el consumidor compre un reemplazo porque encontrará además que reparar el viejo es más caro que comprar uno nuevo.

Cada vez más rápido

Es claramente una actitud fraudulenta que tiende a estimular la demanda en una sociedad consumista donde todo se acelera artificialmente porque sin aceleración la economía se derrumba. Hay consumidores que advierten que el producto que compraron tenía una parte del costo derivado del precio de la mano contratada para hacer que dure poco. Es decir, no solo lo pagó el producto sino que con él pagó también que se le vaya rápido de las manos, doble estafa.

La obsolescencia se ideó entre 1920 y 1930, cuando la producción en masa empezó a forjar un mercado en que hizo necesario analizar al detalle cada producto para conseguir un éxito de ventas cada vez más difícil, con la tasa de ganancias siempre como norte.

Para producir objetos con muerte anunciada a plazo fijo , los industriales deben considerar la competencia tecnológica porque si bien pueden expandir las ventas también pueden terminar en un fracaso rotundo con pérdida de toda la inversión, de modo que el cálculo debe ser muy ajustado. Uno de las prudentes medidas adoptadas ha sido transferir al Estado; es decir, al pueblo, el gasto de investigación de la muerte de productos destinados al pueblo. La maniobra se ve mejor a la luz del foco de los bomberos de Livermore.

La obsolescencia no tiene más objetivo que el lucro rápido y tan abundante como sea posible. Ante esta necesidad primordial, el cuidado de los recursos naturales no es tan importante y debe quedar a cargo de organismos públicos. Todo lo más hay que disimular mediante la propaganda algún interés por ellos aunque la verdad vaya por otro camino.

Dónde poner la basura

Cada producto obsoleto contamina, lo que hace crecer un problema actual que es eliminar los desechos de la producción industrial, que se amontonan en lugares donde no se sabe qué hacer ni como desprenderse de ellos. El problema es grave en el caso de los residuos de las centrales nucleares, que crecen como residuos de la producción de energía y se deben enterrar en sarcófagos de cemento donde mantendrán su actividad radiactiva miles de años. Este sí es un "regalo" que les dejaremos a las civilizaciones futuras por miles de años. Otra idea es meter los residuos en un cohete y ponerlos en órbita. Una "solución" que habla por sí sola.

En realidad, la obsolescencia tradicional respondía a otro criterio, no comercial sino relacionado con la necesidad de cambio que sentimos todos. Algunos productos empezaron a "pasar de moda", sobre todo prendas de vestir. Es notable como las culturas tradicionales tenían lo que hoy conocemos como "trajes típicos", que no eran refractarios a la moda, pero que duraban lo bastante como para caracterizar a pueblos enteros durante siglos.

Hoy la moda es una razón inapelable de obsolescencia, y el "no se usa más" o "ya fue" se aplica cada vez con mayor amplitud, incluso a personas, grupos, edades, estilos o modos de ser. Que de alguien se diga que pasó de moda o "ya fue" es indicio que ha sido convertido en cosa, avanzando los modos propios de la civilización moderna.

La obsolescencia programada es gran productora de basura. En el mundo hay más de 7 000 000 000 de habitantes, cada uno produce en promedio un kilogramo de basura diaria, es decir, hay cada días 7.000.000 de toneladas de basura nueva, en buena medida no biodegradable y contaminante.

Desde que hay baterías de plomo para automóviles, hace unos 120 años, hay que considerar la contaminación que producen. En la actualidad, con un parque automotor creciente, se producen dos millones y medio de toneladas de metal pesado por día, casi todo para baterías, pero también para teléfonos, computadoras portátiles o para la industria.

Ejemplos literarios

La sabiduría de los programadores de obsolescencia está documentada ampliamente en la literatura, por ejemplo la norteamericana, por tratarse del país que la sufrió antes y en mayor medida.

En "La Muerte de un viajante" de Arthur Miller, que fue marido de Marilyn Monroe, el protagonista se queja de que el coche y la heladera que compró ya no sirven casi al mismo tiempo en que termina de pagarlos en cuotas. En la película "El Hombre del Traje Blanco" el protagonista inventa una tela que no se gasta, no se rompe ni se ensucia. Tras acoger todos con alegría la novedad, sufre la persecución de los empleados de su empresa textil, que ven que su trabajo peligra.

Nadie se pregunta porqué en medio de tantos inventos que revelan tanta inteligencia y creatividad, están ausentes inventos como esta tela.

Justamente la consigna de la televisión norteamericana "comprar-tirar-comprar", que marcaba un ciclo que se reiniciaba cada vez más rápido, es contemporánea de la producción en serie y la popularización de las compras a plazo, enorme reactivador del mercado. Hoy las ventas a plazo han hecho que lo que se venda en el fondo no sean autos ni heladeras, sino cuotas, intereses, gastos administrativos, un paquete financiero en que el producto industrial es pretexto.

Luz mezquina

Es posible que el primer artefacto diseñado para durar cierto número de horas y no más sean los focos eléctricos de filamento, hoy dejados de lado por los de bajo consumo y por los led. Y extrañamente, uno de los primeros que se produjeron, hace 118 años, sigue alumbrando la entrada de un cuartel de bomberos en Livermore. Los focos eléctricos sufrieron luego la programación con el objeto de que la gente comprara grandes cantidades, que está documentada en las actas de Phoebus, un pool de industrias eléctricas norteamericanas creado en 1924. Los focos duraron entonces 2500 horas y luego 1500 y más adelante 1000. El gobierno se desentendió de denuncias de usuarios que vieron que estaban frente a una maniobra para apoderarse de su dinero y dejarlos a oscuras.

Las denuncias abundan hoy sobre todo en la industria electrónica contra impresoras que dejan de funcionar tan pronto se limpian los cabezales cierto número de veces, que no está escrito en ninguna parte, o contra los IPods con baterías demasiado mezquinas que no duran ni siquiera el mínimo. Es decir, aparece para los industriales el riesgo de ser desalojados del mercado por exceso de angurria.

En Europa se recuerda todavía que el sobretodo del muerto pasaba al hijo, al nieto, al bisnieto, y se mantenía en condiciones de uso y a la moda. Esa es recuerdo hoy, donde no hay herencia de este tipo, ni es posible usar la misma prenda siquiera dos años seguidos en algunos casos.

Nos mata el progreso

La industria electrónica hace patentes estos procedimientos con la incompatibilidad del sofware. Tan pronto un software se vuelve incompatible es preciso dejarlo de lado porque es "arrojado por la borda" vivito y coleando. Por ejemplo hay computadoras que usan sistemas operativos que envían mensajes que no pueden ser abiertos por máquinas de "generación" anterior. Se trata de una incompatibilidad deliberada, innecesaria salvo para los interesados en conseguir más y más ventas.

Como dijo Vance Packard hace más de medio siglo, el mundo de los negocios, el mundo del capital financiero, el mundo cuya voz se está volviendo la única que se escucha a nivel planetario, trabaja sin cesar para convertirnos en desechos (a sus productos pero también a nosotros, los usuarios, en individuos agobiados por deudas tomadas para que otros mantengan el paso y nosotros sigamos permanentemente descontentos".

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