Los gremios estatales y su realidad

Los gremios estatales y su realidad

Hubo un tiempo en que gremios y movimiento obrero eran sinónimos. En sus orígenes, los unos nacieron por los otros, se debían entre sí, luchaban codo a codo y los trabajadores se sentían dignamente representados por los secretarios generales de sus sindicatos.

Hubo un tiempo en que gremios y movimiento obrero eran sinónimos. En sus orígenes, los unos nacieron por los otros, se debían entre sí, luchaban codo a codo y los trabajadores se sentían dignamente representados por los secretarios generales de sus sindicatos. Muchos pueden recordar con nostalgia aquella gastada fotografía, tan en las antípodas de la estafa actual que los gremios estatales, con la anuencia de la Gobernadora, perpetran contra sus afiliados.

Tan a contramano de aquel lejano 1900, pleno inicio del siglo pasado cuando el sindicalismo daba sus primeros pasos con la Federación Obrera Argentina o la Unión General de los Trabajadores. Albores de una revolución argentina que, con sus altibajos, iría ganando fuerza en el seno de las capas sociales más empobrecidas. Eran años de grandes crisis: de la primera Guerra Mundial a la Década Infame. Los gremios, paridos en el trabajo más genuino (frigoríficos, ferroviarios, metalúrgicos, construcción, textiles) se ungían en dignos representantes de una clase obrera que perseguía el progreso. De las entrañas de ese anhelo surgiría la figura decidida del hombre que visibilizaría a esa creciente masa de trabajadores: Juan Domingo Perón. Bajo su cobijo, tiempo después, nacerían las 62 organizaciones peronistas, columna vertebral del movimiento obrero, muchas veces integrada por hombres cuestionados, pero dignos representantes de los trabajadores como Augusto Timoteo Vandor, José Rucci o Cipriano Reyes, entre tantos otros.

Parados en la coyuntura actual, aquellas parecen secuencias de una película de ciencia ficción, ocurrida en otro país. Porque hoy no hay un solo afiliado (de haberlo sería una excepción a la regla) que no caiga en la trampa infame diseñada por bancos, financieras y cooperativas que, como sucede con los jubilados, prestan dinero a tasas usurarias a empleados que luego no los pueden pagar.

Todos, quienes integran los organigramas de los gremios estatales (desde sus secretarios generales para abajo), como también las autoridades del gobierno bonaerense, conocen esta trama: que mes a mes los afiliados sufren descuentos producto de esos préstamos y, lo que es más grave, que muchas veces un mismo empleado pertenece a todos los sindicatos que el sistema les permita. En consecuencia, toman créditos en todos los gremios a los que se afilien. Así, la necesidad se convierte en socia de ocasión para los infames sindicatos.

En la coyuntura actual, la paritaria es uno de los nombres de la mentira y el afiliado lo sabe: ya no cree que lo pueda defender ningún secretario general, porque ya no existe el gremialismo tal y como se lo conoció, porque la digna defensa del salario de antaño se redujo a un mero comercio en el que ganan pocos y pierden muchos. 

Atrás quedaron los representantes de industrias que brillaban por su poderío y su fuerza sindical. La foto actual, triste y lamentable, nos muestra a sindicatos que esquilman a sus trabajadores, afiliados que con suerte cobran $4.000 o $5.000 de su salario, cuando la ley no permite a los gremios quitarles más del 20%. Una realidad de la que las autoridades gubernamentales, por acción u omisión, son cómplices.

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