Moyano, Yasky y Baradel: no los une el amor

Moyano, Yasky y Baradel: no los une el amor

Hugo Moyano huye para adelante. Se siente acorralado por el avance de las causas judiciales que investigan la administración de sus empresas familiares y del gremio de Camioneros. 

por Héctor Gambini

Muchos millones de aquí para allá. Mucho testaferro. Muchos bienes a nombre de pareja, hijastra y compañía. A las semanas difíciles se suma la investigación por los negocios, fraudes y aprietes de la barrabrava de Independiente y el jefe preso de esa facción, el célebre Bebote Álvarez, diciendo que Hugo Moyano está detrás de todo. No es que el acusador sea una carmelita descalza, pero tampoco ayuda.

Moyano siente que el círculo se va cerrando y busca saltar fuera para evitar que lo ahorque. El salto lo ubica junto a Hugo Yasky y Roberto Baradel, sindicalistas ultrakirchneristas que, tras años de desencuentros, ahora ven en el camionero a un aliado para recuperar algo del aire perdido en estos dos años de Cambiemos. Moyano había hecho lo imposible durante el kirchnerismo para evitar que la CTA que conduce Yasky fuese habilitada con personería gremial y jurídica. Baradel, de Suteba, aspira a suceder a Yasky al frente de esa organización, y aprovecha esta movida para ganar cartel antes de la clásica pulseada con María Eugenia Vidal por las paritarias docentes de este año. La gobernadora todavía no lo llamó. Con Moyano no los une el amor, sino el espanto.

Moyano salta como un león herido y sólo busca un rincón desde donde rugirle mejor al presidente Macri, a quien atribuye todos sus males judiciales. Busca dos cosas: viciar todo lo que pueda el aire renovado que tomó el Gobierno tras el triunfo de octubre y, de paso, hacer más verosímil su victimización si la justicia sigue avanzando en su contra. Poder decir, bien abiertamente, que lo persiguen por combatir al gobierno que gobierna para los ricos. Quién lo diría: poder decir lo mismo que viene diciendo Cristina, con quien ya lleva siete años de guerra declarada.

El problema es que el salto lo aleja todavía más de la CGT clásica: los gordos, los independientes y la UTA, que no se pueden ni ver con la CTA de Yasky y Baradel. Para hacerse fuerte, Moyano sale de la manada de elefantes y se acomoda entre las cebras.

Parte del costo que pagará comenzó a verse ayer, en una puesta en escena a la que el propio Moyano evitó sentarse personalmente: los gremios importantes le vaciaron el acto, y dejaron la representación en manos de sindicalistas con más problemas judiciales, como Víctor Santa María. Había que ver las caras de Schmidt y de Acuña y el ánimo con que le contaban a la prensa lo que habían resuelto para entender que sólo imperaba la decepción. Se podía ver hasta en los televisores con el volumen bajo. "La CGT va a tener discusiones, como los matrimonios", dijo Acuña cuando le preguntaron sobre el clima interno de fractura. Los matrimonios también se separan.

A la movilización del 22 de febrero -¿cuántas cosas pueden pasar en la Argentina en 22 días?- le seguirá de inmediato la discusión por paritarias que ningún gremio aceptará clavar en el 15 por ciento, a menos que se sumen cláusulas gatillo y otros recursos para acompañar a la inflación, que empezó el año arriba, con el dólar inquieto y con aumentos en transportes, luz y prepagasque rigen exactamente desde hoy.

Esa batalla deberá ser afrontada por quien aparece como el ministro más débil del gobierno. Entonces se verá si la decisión de Macri de mantener a Jorge Triaca en Trabajo contra viento y marea es un comienzo de año con una sólida muestra de autoridad o un error que puede costarle tormentas inesperadas en el frente social.

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