Vandor: un magnicidio que nadie quiso terminar de esclarecer

Vandor: un magnicidio que nadie quiso terminar de esclarecer

Aquella fría mañana del lunes 30 de junio de 1969 minutos antes del mediodía, era asesinado Augusto Timoteo Vandor, el más poderoso dirigente gremial de la Argentina, en su propia oficina blindada de la UOM, el sindicato de los metalúrgicos. 

Tenía 46 años. El grupo comando que lo ametralló hizo estallar una bomba que provocó destrozos en la sede de la calle La Rioja 1945, en Parque Patricios, en un espectacular operativo que fue invisible a los ojos de la Policía y la inteligencia estatal, al mando de generales de la “línea dura” del Ejército. La trágica muerte de Vandor nunca fue esclarecida, y aunque tiempo más tarde fue reivindicada por Montoneros, sus autores y cómplices así como sus reales motivaciones quedaron en una gran nebulosa.

Así quedaron las oficinas de la sede de la UOM en la calle La Rioja 1945. Mataron a Vandor y dejaron un artefacto explosivo. Sus asesinos nunca fueron identificados.

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Medio siglo después, el libro ¿Quién mató a Vandor? (Indie libros, 2019), con prólogo de Alvaro Abós, que se publica en estos días, ofrece documentos inéditos y testimonios poco conocidos que quedaron traspapelados en los expedientes judiciales e investigaciones históricas.

La reconstrucción de los hechos es un verdadero rompecabezas con piezas sueltas que no encajan. Afloraron múltiples versiones contradictorias. La figura de Dardo Cabo, hijo de uno de los lugartenientes de Vandor, Armando Cabo, el mismo militante juvenil al que el líder metalúrgico aupó y ayudó en la Operación Cóndor –aquel secuestro del avión desviado a las islas Malvinas en 1966- aparece en el centro de las sospechas.

El desenlace fatal se tramó con bastante antelación. La dictadura de la llamada “Revolución Argentina”, que había llegado con pretensiones de quedarse varias décadas, empezaba a encontrar serias resistencias. Una ola de protestas estudiantiles y gremiales culminaría a fines de mayo del ‘69 en el Cordobazo. Cuatro semanas más tarde, dos asesinatos sacudían otra vez el tablero: el periodista Emilio Jáuregui cae bajo balas policiales durante una manifestación, el viernes 27. Tres días después se produce el homicidio de Vandor. A esa hora, a pocas cuadras de allí, el general Juan Carlos Onganía, a cargo de la presidencia de la Nación, recibía en Casa de Gobierno a Nelson Rockefeller, enviado del presidente norteamericano Richard Nixon.

Esa misma tarde, el Gobierno decretó el estado de sitio, intervino la mayoría de los gremios de la combativa CGT de los Argentinos y hubo detenciones de militantes opositores y dirigentes obreros, entre ellos Raimundo Ongaro y Agustín Tosco.

En Casa de Gobierno. Gobernaba Onganía. 5-09-66. AUGUSTO T. VANDOR- Foto: ARCHIVO GENERAL DE LA NACION

Un año más tarde, el asesinato del general Aramburu precipita la remoción de Onganía, reemplazado por el general Levingston, traído a las apuradas desde Washington donde ocupaba la agregaduría militar argentina. Esos tres hechos –el Cordobazo y los asesinatos de Jáuregui y Vandor, y el de Aramburu- marcarían una bisagra que ponía un final adelantado a los años 60. Allí se encontraron distintas vertientes que confluirían en otro torrente de movilización política y social, pero también de violencia armada y represión sangrienta.

El comunicado en el que el autodenominado Ejército Nacional Revolucionario se adjudicaba el hecho fue dado a conocer casi dos años después, el 11 de febrero de 1971. Era un nombre de cobertura, utilizado para despistar a los servicios de inteligencia o acaso alentado desde su propio seno. Al momento de dar a conocer ese pronunciamiento, los supuestos autores materiales del asesinato de Vandor ya formaban parte del grupo político-militar Descamisados que años más tarde se fusionaría con Montoneros. En cuanto a las motivaciones, las primeras especulaciones aluden a la cantidad de enemigos que se había granjeado el líder metalúrgico. Vandor había desafiado al propio Perón y aunque acababa de reconciliarse con el líder, eran varios dentro del peronismo los que lo consideraban un “traidor”. Su actitud negociadora con los militares no sería perdonada por el sindicalismo combativo, pero, al mismo tiempo, sus últimos pasos iban justamente en dirección a la unidad del movimiento sindical para enfrentar a la dictadura.

Fueran quienes fueren los instigadores y ejecutores, lo que más sigue llamando la atención es la impunidad con la que los victimarios hicieron su faena, con una destreza y una sangre fría notables; a cara descubierta, inmovilizaron a los ocupantes del edificio –entre 12 y 20-, fusilaron a Vandor, volaron un vasto sector del recinto y desaparecieron sin hallar resistencia y ante la llamativa ausencia de toda vigilancia policial en el área. Una auténtica zona liberada. Años más tarde, en enero de 1973, Perón le contó al diario peronista Mayoría que había mandado a llamar a Vandor en abril de 1969, y le había advertido que lo iban a matar: “Yo le dije: a usted lo matan; se ha metido en un lío que a usted lo van a matar. Lo mataban unos o lo matan otros...”.

En la revista El Descamisado, órgano de Montoneros, en febrero de 1974, se publicó una extensa crónica sobre la muerte de Vandor. La dirigía Dardo Cabo, que había estado muy cerca del gremialista asesinado.

Eran tiempos en los que no se sabía a ciencia cierta de dónde provenían las balas. Las fuentes del gremio prefirieron dar por cerrado el caso. Dardo Cabo será nuevamente detenido tras el hecho pero recobrará días después su libertad y comenzará a escribir en la revista Extra dirigida por Bernardo Neustadt mientras militaba en la Juventud Peronista. Como director de la revista El Descamisado, órgano de Montoneros, editorializará y publicará el documento en el que se contará el asesinato de Vandor con lujo de detalles. Su participación, nunca comprobada, tampoco pudo ser completamente desmentida y hay pistas de que no podía haber estado muy lejos de los hechos. Reconocido décadas más tarde por la presidenta Cristina Kirchner como un “héroe”, fue fusilado por la dictadura en enero del ‘77. Nadie quiso volver a hablar del hecho. El asesinato de Vandor, plagado de enigmas, marcó para muchos el inicio de otra etapa de violencia política, la que desembocó en los trágicos años ‘70.

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