Islandia se convirtió en uno de los primeros países del mundo en avanzar masivamente hacia la semana laboral de cuatro días y, seis años después de la implementación de las primeras pruebas, los resultados empiezan a consolidarse: menos estrés, más tiempo libre y una productividad que no cayó, sino que incluso creció.
Desde 2019, la mayor parte de los trabajadores islandeses pasó a desempeñarse bajo esquemas de entre 35 y 36 horas semanales sin reducción salarial. Actualmente, cerca del 86% de la población trabajadora del país europeo ya cuenta con jornadas reducidas o con el derecho de negociar horarios más cortos.
El cambio generó fuertes debates en sus comienzos. Empresarios y sectores políticos advertían sobre posibles pérdidas económicas, caída de productividad y dificultades para reorganizar las tareas laborales. Sin embargo, los informes elaborados por organizaciones como Autonomy y la Association for Sustainability and Democracy (Alda) mostraron que los resultados fueron positivos tanto para los trabajadores como para las empresas.
“La productividad se mantuvo igual o mejoró en la mayoría de los lugares de trabajo”, señalaron los investigadores tras analizar las experiencias piloto realizadas en oficinas públicas, hospitales, escuelas y empresas de servicios.
Además, el nuevo esquema laboral provocó mejoras en la calidad de vida de los empleados. Los trabajadores reportaron una fuerte reducción del estrés, menos agotamiento mental y una mejor conciliación entre la vida laboral y familiar.
“Ahora tengo más tiempo para mis hijos y también para descansar”, relataron varios empleados participantes de los programas de reducción horaria en los informes difundidos por las organizaciones que estudiaron el caso islandés.
La reorganización del trabajo fue clave para sostener el nuevo modelo. Muchas empresas redujeron reuniones innecesarias, optimizaron procesos internos y apostaron a una mayor eficiencia en lugar de extender la cantidad de horas trabajadas.
La digitalización también tuvo un rol central. Islandia impulsó inversiones tecnológicas y modernización de procesos para facilitar el trabajo remoto y agilizar tareas administrativas. Según distintos análisis europeos, el país cuenta con una de las infraestructuras de conectividad más avanzadas del continente, lo que ayudó a sostener el cambio.
Los efectos también impactaron en la economía general. De acuerdo con datos oficiales citados por medios europeos, Islandia registró en 2025 un crecimiento económico cercano al 4,9%, por encima del promedio europeo. Parte de ese fenómeno se explica por el incremento del consumo vinculado al tiempo libre, el turismo interno y las actividades recreativas.
El modelo islandés reavivó el debate global sobre la reducción de la jornada laboral. En países como España, Reino Unido y Alemania ya se desarrollan pruebas piloto similares, mientras que distintos sindicatos y organizaciones de trabajadores impulsan discutir esquemas de menor carga horaria sin rebaja salarial.
Para muchos especialistas, la experiencia islandesa demuestra que reducir horas no necesariamente implica trabajar menos, sino reorganizar mejor el tiempo laboral y distribuir de otra manera las tareas dentro de las empresas.
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