Frente a la expansión del miedo y la omnipotencia del algoritmo.
El fascismo del siglo XXI no es casualidad ni accidente histórico: es una ofensiva planificada contra la democracia. Aunque países como Ecuador, Argentina, El Salvador y Costa Rica tienen trayectorias distintas, hoy muestran similitudes inquietantes: una concentración autoritaria del poder, la criminalización de la protesta, una embestida brutal contra el movimiento obrero y la manipulación de las emociones de masas frustradas con el progresismo.
La vieja propaganda de masas se ha transformado en una psicología de masas 2.0, donde el poder ya no necesita uniformes ni desfiles militares, sino algoritmos, pantallas y narrativas emocionales.
El miedo se administra como campaña permanente, la frustración se amplifica en redes sociales y la indignación se convierte en identidad política, sustituyendo el debate por obediencia emocional.
En Ecuador, la represión contra sindicatos y pueblos indígenas recuerda que la democracia se vacía cuando el poder se ejerce como espectáculo de fuerza o se administra el país como una finca bananera.
En Argentina, las reformas laborales disfrazadas de “modernización” buscan fragmentar la memoria obrera, dinamitar conquistas y debilitar la negociación colectiva.
La presencia en Buenos Aires del jefe de la empresa de inteligencia artificial Palantir Peter Thiel, filosofo del nuevo fascismo, no es una casualidad.
En El Salvador, la concentración autoritaria se legitima con el miedo a la inseguridad, mientras se restringen libertades básicas.
En Honduras, la injerencia imperialista a manos de Donald Trump, más la intermediación de las maras y las iglesias fundamentalistas, favorecieron el desenlace electoral que posicionó nuevamente los protagonistas de la narcodictadura (2009-2022).
En Costa Rica, la criminalización de la huelga y el desprecio por los sindicatos muestran cómo la democracia puede convertirse en un teatro emocional que administra el resentimiento en lugar de abrir espacios de diálogo.
Sindicatos y democracia
La historia enseña que sin democracia los sindicatos no sobreviven.
Allí donde el fascismo ha dominado, sus garras han quedado grabadas incluso en las normas laborales y las constituciones políticas, obligando a los trabajadores a la clandestinidad y a una lucha interminable por recuperar derechos arrebatados.
Defender la democracia
La ofensiva actual busca reinstalar ese escenario: sindicatos debilitados, movimientos sociales fragmentados y ciudadanía reducida a dato estadístico.
Desde la óptica de la Rel UITA, el desafío es claro: defender la democracia como condición indispensable para la vida sindical y social.
Sin democracia, los sindicatos son perseguidos; con democracia, los sindicatos son actores de transformación.
La ética humanista y la solidaridad internacional deben convertirse en el verdadero antídoto contra el nuevo fascismo: reconocer la dignidad inviolable de cada trabajador y cada comunidad, incluso en medio de la frustración colectiva.
El dilema es urgente: ¿aceptamos una democracia reducida a teatro emocional y control algorítmico, o defendemos una sociedad que construya paz desde la protección social, la memoria y la solidaridad?

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