El gremio viene en un retroceso sostenido. Luego de la fractura que lo dejó con escasa representación en el Grupo DOTA, controlante de buena parte del transporte automotor de la Zona Metropolitana, ahora se abre otro foco de conflicto. La conducción de Roberto Fernández parece estar destinada a marcar el final del poder de fuego temible de la UTA.
Hasta hace algunos años un paro de la Unión Tranviaria Automotor (UTA) estaba destinado a marcar, en buena medida, el pulso del humor social. Con cada huelga de los choferes de colectivos (y también el subte) los Gobiernos pagaban un costo altísimo por el impacto que tenía la medida de fuerza y por su ola expansiva en lo económico. Hoy, luego de 18 años ininterrumpidos de conducción de Roberto Fernández, el escenario es distinto.
El gremio vive un momento de descomposición que no parece encontrar piso. A la caída sistemática de los salarios, destrucción de puestos de trabajo y la pérdida de lugar en el debate público de la organización que supo ser emblema del MTA en los 90s en oposición al menemismo, se le sumó el retroceso en la representación.
Fernández asumió en 2008 al frente del gremio. Desde entonces fue zigzagueante en sus posiciones políticas y sindicales y le imprimió un perfil dialoguista extremo, que lindó con lo sumiso en buena parte de sus gestiones. De hecho quedó marcado a fuego cuando se sentó a anunciar un aumento del boleto en una mesa con los funcionarios del macrismo como si fuera parte de ese Gobierno.
Esa postura le costó, primero, la virtual pérdida del control de la representación de los trabajadores del Subte a manos de los metrodelegados. Es que más allá de si conservó la lapicera para firmar las paritarias bajo tierra, el tenor de las negociaciones lo marcaron (y lo marcan) las huelgas de los trabajadores enrolados en la Asociación Gremial de Trabajadores del Subte y el Premetro (AGTSyP).
Más tarde una interna irresuelta con su secretario de Organización, Miguel Ángel Bustinduy, terminó en una cinematográfica toma de la sede sindical y el virtual quiebre del gremio. Bustinduy se llevó a los delegados del poderoso Grupo DOTA a un sindicato alternativo y eso generó que la UTA deje de controlar casi la mitad del transporte automotor de la zona metropolitana del AMBA. De hecho las líneas de DOTA suelen trabajar más allá de si la UTA decide una huelga.
En lugar de hacer autocrítica por lo sucedido, «el Gallego» responsabilizó a Pablo Moyano y a algunos otros sindicalistas por, supuestamente, haber alimentado el internismo. Sin asimilar ni tener un aprendizaje de esa experiencia, ahora parece entrar en una situación análoga con buena parte de los delegados que, ante la orfandad de una conducción que evita la huelga hasta el hartazgo, fueron a buscar un paraguas de protección dentro del Frente de Sindicatos Unidos (FreSU).
Por estas horas Fernández está llamando a sus pares para hablar de la situación y pedirles que no los reciban ni alimenten una potencial lista de oposición conformada por los que no se sienten contenidos. En lugar de interpretar a las bases, intenta aislar a los disidentes. Lo cierto es que Fernández, de 82 años, parece encaminarse a dejar apenas la sombra de la organización que encontró. Y todavía todo puede empeorar.



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