Se precipitan cambios internos en el gremialismo y tornan más imprevisibles las negociaciones para la próxima central obrera. Quién es quién en este escenario complejo.
Por: Ricardo Carpena.
La CGT sigue encerrada en el laberinto de siempre, con dialoguistas y duros sacándose chispas para ocupar lugares en una sigla que alguna vez fue poderosa, pero que hoy mantiene sólo el peso de su historia pasada, mientras sobrevuela una pregunta clave: ¿cuál es el proyecto que sustenta esta central obrera y la que se elegirá en el congreso del 5 de noviembre próximo?
No está claro. En 2021, cuando tenía que definirse la nueva cúpula sindical, un dirigente como Sergio Palazzo (bancarios) advirtió que “el problema para encontrar la unidad sindical es que la CGT no tiene un proyecto”. Pero por entonces gremios como Camioneros, SMATA y la Asociación Bancaria, entre otros, no estaban en la central como fruto de las peleas internas y por eso el eje del congreso cegetista del 11 de noviembre que se hizo hace cuatro años fue la reunificación, con el regreso de aquellas organizaciones que se habían alejado.
Esa integración de todos los sectores alcanzada con el triunvirato que conformaron Héctor Daer (Sanidad), Carlos Acuña (estaciones de servicio) y Pablo Moyano (Camioneros), sin embargo, tampoco determinó que hubiera un proyecto ni mucho menos la fórmula para mantener la unidad. El hijo de Hugo Moyano fue el ariete de los sectores más duros, alineados con el kirchnerismo, contra la postura dialoguista de la alianza dominante en la CGT (“Gordos”, independientes y barrionuevistas). Y la central obrera quedó atrapada otra vez en la dicotomía que es el sello distintivo del sindicalismo peronista.
La CGT reunió a unos 140 dirigentes en Ezeiza
Esta CGT fue la que atravesó el gobierno de Alberto Fernández sin haberle hecho ni un solo paro general pese a los malos resultados de la economía, con una inflación que creció 779% en cuatro años, una pobreza que subió al 40,1% y una caída real de los salarios del 20%.
Ni siquiera una sola marcha callejera contra el presidente de origen peronista que antes de asumir les prometió a los dirigentes de la CGT que iban a ser “parte del Gobierno” y que luego, ya en la Casa Rosada, no nombró ni un funcionario importante sugerido por los sindicalistas (a diferencia de los cargos repartidos a los movimientos sociales), no les dio participación alguna en las medidas oficiales y les retaceó fondos de las obras sociales.
Ya se sabe: es la misma CGT que ya hizo 3 huelgas y 5 movilizaciones contra Javier Milei en menos de 2 años de gestión, pero que terminó siendo mucho más efectiva en los tribunales para embestir contra las políticas libertarias (con sus impugnaciones judiciales logró frenar el DNU 70 y el decreto 340 que reglamentó el derecho de huelga). Incluso logró más con el lobby que permitió que el diputado aliado Miguel Angel Pichetto negociara la eliminación de 42 artículos del capítulo laboral de la Ley Bases para facilitar su sanción parlamentaria.
En noviembre de 2019, Alberto Fernández prometió a la CGT que sería "parte del Gobierno"
Y esta CGT es también la que salió a la calle el 7 de agosto para protestar contra el Gobierno mientras simultáneamente, participaba del Consejo de Mayo, junto con funcionarios libertarios, gobernadores, legisladores y empresarios, para consensuar una modernización laboral.
¿Cuál es el proyecto de la CGT, entonces? Uno de sus críticos proveniente del kirchnerismo, Abel Furlán (UOM), reclama ahora que se discuta “un programa antes que los nombres” de la próxima estructura cegetista. Y lo puso de manifiesto el miércoles pasado, en una reunión citada en la sede del PJ, en la que se aprobó un programa que, en realidad, consiste en una serie de ítems muy generales y cargados de obviedad como “rechazo a la reforma laboral regresiva del DNU y la Ley Bases”, “propuestas para una política industrial nacional con eje en el trabajo argentino” y “lucha contra el congelamiento salarial de facto en sectores estatales y privados”.
Si el proyecto de la CGT en 2021 era la unidad, pero no resolvió su problema de fondo, ¿la solución para el futuro será definir un programa como el de Furlán? En la última reunión del Consejo Directivo cegetista, el jueves pasado, el líder de la UOM hizo ese reclamo a sus colegas y pidió redoblar la confrontación contra el Gobierno, mientras su rival interno Andrés Rodríguez (UPCN) defendió la estrategia del sector mayoritario de la central obrera: “Cuando tuvimos que ir a la Justicia, lo hicimos; cuando tuvimos que negociar, lo hicimos, y cuando tuvimos que parar y salir a la calle, también lo hicimos”.
Abel Furlán, titular de la UOM, en una reunión en el PJ para desafiar a la CGT
Quizás los dos sindicalistas tengan razón. El dilema de la CGT es cómo recuperar el poder perdido. Esta central obrera ya no es la influyente estructura de los años 60, 70, 80 o 90, cuando sus sindicatos no pasaban por la fuerte crisis de representatividad de hoy, con más de un 40% de trabajo informal y muchos menos afiliados.
Por eso en estos días la discusión sobre la nueva CGT pasa exclusivamente por su esquema de conducción y los nombres que podrían integrarlo. Pero el debate se abre en medio de aceleradas divisiones internas, una atomización extrema, la implosión de los sectores del sindicalismo y la ausencia de liderazgos fuertes.
Lo nuevo del mapa sindical que se está reformulando es una división de 8 sectores internos que, en los hechos, son muchos más porque en cada fracción hay dirigentes que se maneja en forma autónoma, casi anárquica.
Armando Cavalieri y Héctor Daer, los dos "Gordos" que ya no funcionan en tándem
Así, el clásico sector de “los Gordos” incluye, en rigor, sólo a Héctor Daer (Sanidad) y Armando Cavalieri (Comercio), que siempre funcionaron en tándem y hoy, pese a su buena relación, toman decisiones distintas.
La semana pasada, por ejemplo, Daer promovió el asado de camaradería en Ezeiza con la presencia de 140 dirigentes, pero en esa postal de unidad faltó Cavalieri, quien no se opone a que siga un triunvirato en la CGT, pero cree que allí debe haber dirigentes de “gremios representativos”, en una crítica a los nombres propuestos por el ala mayoritaria: Cristian Jerónimo (empleados del vidrio), Jorge Sola (seguro) y Maia Volcovinsky (judiciales).
A su vez, Daer tampoco funciona en bloque con los “independientes” Andrés Rodríguez (UPCN), Gerardo Martínez (UOCRA) y José Luis Lingeri (Obras Sanitarias). Entre los líderes de Sanidad y de la UOCRA se abrió una sutil brecha a partir del súbito endurecimiento del primero ante el Gobierno y la mejor relación del segundo con la primera plana de la administración libertaria.
Hugo Moyano y su hijo Jerónimo
El jefe de la UOCRA, de todas formas, funciona como una suerte de canciller de la CGT: cultiva buenos vínculos con todos los sectores internos. En este momento ejerce un papel crucial para amalgamar las disímiles posturas para el diseño de la próxima central obrera, manteniendo su propuesta para que Jerónimo integre el triunvirato.
Además de Martínez, al ascendente líder de los empleados del vidrio lo apoyan Rodríguez y Hugo Moyano (Camioneros), quien, de todas formas, está más preocupado en que su hijo Jerónimo, el menor de la familia, sea secretario de la Juventud en la nueva CGT. El moyanismo virtualmente no existe como sector porque el propio titular de Camioneros dejó de tener la influencia y el predicamento entre sus pares que tenía antes.
Gerardo Martínez y Cristian Jerónimo, con la directora del FMI, Kristalina Georgieva
Cristian Jerónimo, en cambio, es resistido por el sindicalismo kirchnerista: como es promovido por un dialoguista como el líder de la UOCRA, en el entorno de Furlán lo consideran un “candidato del círculo rojo” que tendrá buena llegada a la Casa Rosada.
El titular de la UOM, por su parte, busca aliados para ser el único titular cegetista. Está seguro del apoyo de otros dirigentes K como Palazzo y Ricardo Pignanelli (SMATA), aunque el bancario tiene un perfil independiente luego de que se disgregó la Corriente Federal de Trabajadores. Al metalúrgico también lo avalan dirigentes “pablomoyanistas” que quedaron huérfanos tras la renuncia del camionero a la CGT.
Pero los ex fieles a Pablo Moyano tampoco funcionan como un frente homogéneo. Por ejemplo, Omar Plaini (canillitas) ya no está alineado con el ultrakirchnerismo y Juan Pablo Brey (aeronavegantes) se independizó y tiene una impronta propia, sostenida por su protagonismo en la Confederación de Trabajadores del Transporte (CATT).
Luis Barrionuevo, con sus aliados Carlos Acuña, Hugo Benítez, Maia Volcovinsky y Laura Sasprizza
Quienes proponen un solo secretario general de la CGT son Héctor Daer, Lingeri, Palazzo y Luis Barrionuevo (gastronómicos), que integran tribus sindicales enfrentadas, pero coinciden en que los triunviratos nunca funcionaron bien. Discrepan en los nombres: el titular de Sanidad es el promotor de la candidatura de Jorge Sola (Seguro) como único líder de la CGT. Este dirigente, a su vez, advirtió que no aceptará integrar un triunvirato.
Algunos barrionuevistas dejaron trascender que su jefe promueve a Volcovinsky si se mantiene el esquema de 3 cotitulares, pero, en el fondo, todos saben que impulsa para dirigir la CGT a Gerardo Martínez, quien no quiere saber nada con regresar a ese cargo (lo ejerció entre 1995 y 1996) y prefiere estar en un segundo plano para dejarles lugar a las nuevas generaciones sindicales.
Barrionuevo ya no pilotea la treintena de gremios de su CGT Azul y Blanca, pero en 2021 hizo valer ante “Gordos” e “independientes” a aliados como La Fraternidad y la UTA, que pueden paralizar el transporte, y así logró ubicar a Carlos Acuña (estaciones de servicio) en el triunvirato. Sus principales figuras actuales son, además, Daniel Vila (Carga y Descarga), Oscar Rojas (maestranza) y Roberto Solari (guardavidas). Allí también milita Hugo Benítez (textiles), aunque la semana pasada desobedeció el pedido de Barrionuevo de no ir al asado de la CGT.
La conducción de la CATT, en un plenario realizado en la CGT
En este cuadro, hay aliados del sector mayoritario, como Sergio Romero (UDA), Rodolfo Daer (Alimentación), Julio Piumato (judiciales) y el propio Sola, aunque también mantienen un juego propio. De la misma manera sucede con dirigentes como Sergio Sasia (Unión Ferroviaria) y Guillermo Moser (Luz y Fuerza) que provienen de Sindicatos en Marcha para la Unidad Nacional (SEMUN), que llegó a tener unos 30 gremios, y hoy proponen una variante: un solo líder de la CGT acompañado por varios secretarios adjuntos.
En el sindicalismo del transporte, una fracción en sí misma con varias vertientes, pesa de manera decisiva Juan Carlos Schmid (Dragado y Balizamiento), un exponente del ala dura que no rompe con los dialoguistas y se encamina a ser reelegido al frente de la CATT, un cargo al que aspira Pablo Biró (pilotos), cercano al bloque K y sostén de la candidatura de Furlán en la CGT.
Mientras Brey y Omar Pérez (Camioneros) apoyan la continuidad de Schmid en la CATT, podría incorporarse a sus filas Omar Maturano (La Fraternidad), más cercano a Barrionuevo, y así dejar la jefatura de la Unión General de Asociaciones de Trabajadores del Transporte (UGATT), donde está asociado con Roberto Fernández (UTA).
Hugo Moyano, Gerardo Martínez, Andrés Rodríguez, Jorge Sola y Hugo Benítez, en la reunión de la CGT en Ezeiza
En este complejo y dinámico cuadro, las negociaciones para definir la futura CGT se tornan imprevisibles. A las autoridades de la CGT no las eligen los trabajadores sino congresales que envía cada sindicato y cuya cantidad es proporcional al número de afiliados que tiene.
Sin embargo, algunos de los gremios más numerosos, como Comercio, Camioneros, UOCRA, Sanidad, Gastronómicos y la UOM, funcionan hoy de manera más autónoma o con sugestivas fisuras en la interna cegetista, e inclusive hay un sindicato como UATRE (rurales), liderado por José Voytenco, cuyos 700 mil afiliados lo convierten en crucial para el congreso de la CGT y todavía no dio señales de cuál será su postura.
Este sindicalismo de hoy no tiene un Lorenzo Miguel del siglo XXI, el cacique metalúrgico respetado por sus pares y temido por los políticos, que durante décadas puso y sacó ministros, legisladores y, sobre todo, jefes de la CGT. Con un mapa sindical reformulado y más atomizado que nunca, sin proyecto ni programa y con menos poder que antes, la CGT es un rompecabezas de mil piezas y casi imposible de armar. Al menos armónicamente.
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